1900
Herrera es designado Juez de Paz de la 6ª. Sección de Montevideo.
Por más meritorio y prometedor que fuese, todavía era el hijo de don Juan José. Si bien para ejercer la judicatura de Paz no era requerido el ser letrado, no se había recibido de abogado y seguramente habría muchos postulantes con título para el cargo, sin la suficiente “muñeca”.
Simultáneamente, lo mismo pasó con Gabriel Terra, hijo de don José L. y ahijado del coronel Lorenzo Latorre, nombrado también, el mismo día, Juez de Paz.
La revista Rojo y Blanco, bajo firma del periodista Fray Martín, seudónimo que escudaba a Pedro Manini Ríos, produjo un retrato del joven Herrera.
“Su infancia debe de haber sido pródiga en cariños afectuosos y vigilantes cuidados. En el austero hogar paterno para él habrán sobrado siempre los mimos familiares, la asiduidad más afanosa y las solicitudes más tiernas. Se explica así la envoltura bonachona, sutil, casi cristalina, que cubre su temple batallador y su acerado carácter; ese aire ingenuo, y ese abandono candoroso con que debate las cuestiones más arduas, disimulando, sin quererlo, un fondo de activísimas energías y de ardimientos belicosos.
Parece un caballero medioeval, sin yelmo, ni armadura, ni alto coturno, ni espada siquiera: lo parece por su fibra de combatiente, por la hidalga corrección de sus procederes, y hasta por su fecunda afición a los galanteos. En esto último se ha demostrado como conquistador venturoso, ya que lo avanzado de la época no permite en otro terreno conquistas afortunadas. Le ayudan su apariencia de buen mozo, su justa fama de excelente partido y hasta sus agraciadas maneras de bon enfant a quien la suerte siempre ha sonreído.
Luis Alberto –así le llamamos todos–, despierta irresistiblemente la simpatía. Dotado de una inteligencia pronta y vivaz, a la que se ha aliado una lectura… no muy abundante que digamos, pero compensada por un gran poder de asimilación, ella ha brillado si no con ímpetus de hoguera, que suelen ser efímeros, con la apacible fijeza de las luminarias siderales.
Apasionado por la causa de uno de nuestros bandos tradicionales, toda su inteligencia la ha puesto al servicio de ella, y por ella ha lucido en la prensa, en la tribuna, y hasta en el fogón del campamento. Su carácter bizarro y generoso no le ha conquistado más que simpatías en las filas de los propios adversarios”.
Por entonces, publica un folleto sobre El acuerdo de los Partidos.
“La lucha electoral es lucha de salud, es aguijón y es lima.
Bajo su estímulo las sociedades se incorporan y hablan, los partidos se ennoblecen, los hombres aprenden a caminar erguidos, los ciudadanos se templan, las muchedumbres cantan himnos de redención, nacen legítimas pasiones de victoria y la libertad luce esplendorosa, fecunda y grande en su ecuador.
Las congestiones políticas son de las pocas que no matan.
Tengamos miedo, mucho miedo, de las apatías populares que traen consigo las grandes tuberculosis políticas.
Es imperioso trasladar, de las antesalas de la casa de gobierno al centro de la plaza pública, la designación de los representantes de la soberanía”.
La formación de Herrera tiene su instancia internacional.
Desde 1902 hasta mediados de 1903 desempeña el cargo de Encargado de Negocios de la República ante los gobiernos de Estados Unidos y México.
“Después de unas noches muy completas en los bailes de máscaras del Teatro Solís, mi madre me entregó una citación de la Casa de Gobierno. Concurrí puntualmente a la cita. Creía que iba a oír serias reconvenciones por los excesos nocturnales. Fui sorprendido. Recibido por Cuestas en persona, el presidente me ofreció nombrarme secretario de la Legación en EE.UU. y en México.
‘El sueldo es poco… pero aquí siempre tiene un amigo’, me dijo. ‘Ahí mismo acepté’”.
¿No había funcionarios en el Ministerio de Relaciones idóneos para esa tarea? ¿Faltaban profesionales en la materia? ¿Acaso el almíbar gubernamental de “la bandera colorada al tope” buscando endulzar a joven antagonista?
El dominio del idioma y su formación inglesa atemperan reparos.
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